16 mar. 2011

En mi mundo Parte 4

Esta parte es cortita y me hace gracia. Lo pasé genial escribiendola y recreándome. Lo cierto es que pensé muchísimas más cosas de las que escribí. Disfrutadla.

En mi mundo, hoy tocaba entrevistar a personajes famosos del mundo de la fantasía. Y me he sentado como Daniel Molloy en Entrevista con el Vampiro. Con una grabadora. Y uno por uno han ido entrando en la sala. Elfos, Trasgos y Duendes. Wendigos, Cerditos constructores, La abuela de Caperucita, que me explicaba lo desobediente que era la niña. Darth Vader y Luck Skywalker. Drácula y su séquito de administradores de fincas. Y un sinfín de criaturas.
Una que me ha llamado la atención, ha sido la Muerte. Si, la Muerte de los libros. La que tantas veces Terry Pratchet ha descrito en sus novelas. La que está esquelética y viste con un dudoso gusto gótico.
Pues así hablando, se nos han pasado las horas y como quien no quiere la cosa, me ha convencido de lo normal que es. Esta muerte. No la real. Es maja. Sería a los humanos, lo que el típico empollón en un instituto de jugadores de Futbol Americano. Discriminado injustamente por sus compañeros de reparto. Y es que la Muerte, de apellido Literaria, está muy mal vista. Su jefe es el escritor, y cuando este decide, no hay vuelta atrás. A no ser que el escritor sea guionista de telenovelas. Entonces, es la Semimuerte, quien entra a trabajar, por si hay que retomar el personaje de nuevo.
Pertenece a una rama muy especial de los trabajadores de la literatura. Es como un funcionario. Pero de los peores vistos. Y eso que no se pasa la jornada haciendo descansos. En Cambio, La Vida… Es una diva. Intratable. Y el amor… es un bufón enano, que pasa media vida en su camerino esperando su turno entre ramos de flores y cajas de bombones.
Pero a lo que íbamos. He hablado con la Muerte, quien me ha contado porqué lleva una guadaña de corcho, en lugar de una de verdad:
-A ver. En el mundo literario, no muere nadie realmente. Cuando el escritor, por algún proceso mental, o la lógica de la trama, decide que alguien debe morir en su historia, aparezco yo. Siempre suelo hacerlo por la espalda y como de repente. Entonces, pongo mi huesuda mano sobre el “elegido”, y este se viene con migo a una especie de limbo literario. Es como un cuarto de juegos donde se encuentran todos los muertos de la literatura. La guadaña, es de corcho, porque la primera vez, aparecí con la buena, al llegar, tropecé con una rama y ¡Zas! Pues sin querer, que me cargué a Adolf Hitler. No se trató de una gran pérdida. Ese tipo, era malo hasta en los libros, pero es algo que no te gusta recordar. La gente no entiende que solo hago lo que me manda el escritor.
Es algo singular. Sus dedos puntiagudos, repiqueteaban sobre la mesa, mientras apoyaba su cabeza sobre la otra mano. Aunque su calavera es totalmente inexpresiva, se le nota cansado y aburrido. Me cuenta que echa de menos pasar las tardes sentado en su mecedora bajo el porche de su casa, leyendo una buena novela de Lian Hearn, y acariciando a sus dos gatos Arsénico y Cianuro. Los gatos de la muerte, de los que algún día os contaré historias.
Ha sido una bonita entrevista. Pero se acaba el día en mi mundo, y quiero disfrutarlo un poco más.
Y salgo de nuevo a caminar, por la pradera que hay enfrente de mi casa. El Sol se está poniendo, y mientras lo hace, va dejando un rastro multicolor, que empieza con un naranja intenso, sigue con un violeta cálido y termina con el azul que todos conocemos.
Y a medida que se hace de noche, lucecitas de un color lima, se van encendiendo y empiezan a flotar en el aire. De nuevo las luciérnagas inundan los campos dorados, ahora ocultos en el manto nocturno.
Y hoy me apetece ver la luna llena. Y cuando aparece la veo lejana, y le pido que se acerque, para verla como en las películas. Grande. Colosal. Y, aunque no veo a ningún niño volando en bicicleta delante de ella, si veo el recorte de la silueta de los árboles de mi bosque favorito. Allí donde Grillo encontró a Merlín.

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