18 abr. 2011

Minirelato sin género ( o yo no se ponerlo)

En las sofocantes noches de verano, Arturo se sentaba bajo un árbol cercano y pasaba las horas lanzando piedras al rio. La echaba de menos.


Se habían conocido tras la conquista del planeta Cámelot. Cuando sus nobles familias habían iniciado la colonización del planeta. Pero su padre Leodegrance, seguía pensando que Arturo era un lacayo, al estar viviendo en la casa de Héctor, servidor de Uther, padre de Arturo.

Se veían a escondidas. Todas las noches. Y se prometían amor eterno y futuros a cual más prometedor. Pero Kay, hijo de Héctor, envidiaba la posición de realeza de Arturo, y lo acusó falsamente de acostarse con ella.

Y la apartaron de su lado para llevarla al otro lado del gran rio. De esta manera las dos familias se repartían el territorio, pese a estar una bajo el mando de la otra.

Y en la última noche de verano, Arturo lanzó una piedra que, al contacto con el agua empezó a brillar con una luz amarillenta. Arturo podía ver como esta se hundía y se posaba en el lecho del rio. Así que se lanzó a por ella con la intención de que, durante algún maravilloso día en el que él y Ginebra, su amor pudieran estar juntos de nuevo, regalárselo como prueba de amor.

No había mucha profundidad y las aguas estaban tranquilas. Pero la oscuridad era impresionante. Justo cuando su mano estaba a punto de tocar la piedra, sintió el tacto de otra mano que pretendía hacer lo mismo.

Era Ginebra que iba en busca del mismo tesoro para su amado.

Salieron del agua con la piedra y una vez fuera, esta se puso a levitar en dirección a unas viejas ruinas que nadie conocía. Una vez allí la piedra se colocó en un orificio hecho para ella.

Las paredes se iluminaron con el mismo brillo mortecino y amarillento con el que antes lo había hecho la piedra. Y el holograma de Nimue, anterior reina de Cámelot se les apareció.

“Una historia tan bella, no se puede truncar dos veces en este universo. Pasad por esta puerta y estaréis juntos para siempre, en vuestro propio reino”. Dijo el holograma.

Atravesaron la puerta y un haz de luz salió disparado del planeta a la negrura del espacio. Su destino era Ávalon, donde Arturo y Ginebra vivirían esta vez su vida sin interferencia ninguna. Tranquilos y felices por el resto de sus días.

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