21 abr. 2011

Una de Zombis (Por Lars Ulfsson)

Era una apacible y radiante mañana de primavera. El día después del gran partido del año. Por desgracia habían perdido. Cosa que hizo pensar a John que ese era el motivo por el cual el pueblo estaba desierto.


Conducía con su ranchera roja por calles en las que no había ni un alma. Ocasionalmente algún papelajo salía volando y restos de basura movidos por el viento, que para ser primaveral y de primera hora, olía un poco fuerte. Como si la primavera tuviese aliento mañanero.

Se detuvo delante de la gasolinera, y le pareció ver un grupo de hooligans celebrando la victoria de la noche anterior.

-¿Todavía? Se preguntaba en voz alta a sí mismo. – Un lugar muy extraño para irlo a celebrar.

Se acercó a pie. Aquella chusma apestaba. Y efectivamente, es lo que todos pensáis. Un grupo de zombis haciendo el aperitivo matinal. Seamos sinceros muy tontos tendríais que ser para no ver que esto va de zombis.

John salió disparado y se subió en el coche a toda prisa. Ahora no arrancaba. Vaya por Dios. Toda una vida de sano ejercicio, de perfección americana en la que todo sale bien a la primera, y ahora que le persiguen unos zombis hambrientos de sesos, el coche no arranca. Como las invasiones alienígenas, aquello solo podía pasar en Estados Unidos.

Venga, para seguir con la pantomima. Justo cuando la mano de un zombi está a punto alcanzar a nuestro héroe, el coche arranca y puede acelerar a todo trapo arrastrando los cuerpos sin vida y haciendo una escabechina que ni en los San Fermines.

Más relajado, empezó a percatarse de que el pueblo estaba menos desierto de lo que parecía. Es más parecía más lleno que de costumbre.

Situó su ranchera, que pese a las carreras y los atropellos salvajes se mantenía impecable, en lo alto de una colina y pudo ver el origen de todo aquel problema.

Hagamos un flashback.

Era la noche del partido del año. Los dos mejores equipos de la nación se enfrentaban. A todo eso que el ejército americano había colado una especie de virus inteligente pero de corta vida en un tren de pasajeros. Solo querían transportarlo de un punto a otro del país, pero si no hago descarrilar el tren de alguna manera, esto se queda en nada. Viajaba muchísima gente en ese tren. Y el maquinista no reparó en las señales que le indicaban que se acercaba a una curva muy cerrada junto a un pueblo repleto de personas que miraban en el cine al aire libre el partidazo. Decir también que en el cartel que hay a la entrada del pueblo, pone que son unos cinco mil habitantes. Todos estaban allí. Más que una reunión para ver el partido, parecía una aldea de irreductibles galos cenando a cuerpo de rey. Total, que justo cuando finaliza el partido, el tren se sale de la vía y se estampa contra el cine dejando libre el virus y aniquilando toda vida humana. La vida animal murió por el aplastamiento del tren y otros objetos procedentes del accidente ferroviario. No hay que ser crueles con los animales. Solo un pequeño grupo sobrevivió, porque no se encontraba en la zona. John, nuestro amigo, es el delincuente y se encontraba, pues eso delinquiendo, así que no se vio infectado. Volvamos a la historia.

Desde la colina no solo podía verse el estropicio. A lo lejos y un poco separado del órdago zombi, estaba el centro comercial. Lugar ideal para quedarse encerrado y sobrevivir. Y para allá que se fue.

Una vez dentro, algo le llamó la atención. Una luz encendida entre la oscuridad del almacén de la trastienda. Evidentemente, en un alarde de falta de sentido común John se acercó a ver que encontraba. Macho, está cayendo la de Panete con los zombis. Todos zombis, todos andando con su paso renqueante. Ese arrastrar de pie. Ese olor. ¿Qué esperas encontrar? Pues efectivamente, se topó con un grupo de supervivientes. Ahí va la descripción.

Stacy, la joven y guapa animadora que aquella noche se llevó una decepción amorosa cuando su novio Pete, el Quarterback del equipo, la dejó por un partido. Es el equivalente a todos los niveles de la princesa en apuros a la que hay que salvar.

El señor Jhonson. El profesor del instituto, que aquella noche se encontraba corrigiendo exámenes. Es el equivalente al sabio o mago.

Timmy. Hermano menor de Stacy. Es el listillo del grupo, el que pone en riesgo al grupo una y otra vez. El equivalente al niño repelente al que le deseas la muerte, pero tras pasar por varios apuros seguramente madurará hasta el punto que lo querremos como si fuese nuestro hermano.

La señorita Clifford. Es la típica mujer histérica, que tiene un cartel en el que pone que antes de que acabe la historia morirá sin remedio.

Eric. El empollón. El tímido. El que en un momento dado de la historia, le mete un castañón al chulito delincuente que hace recapacitar en si ciertas formas de vida son verdaderamente aceptables por nuestra comunidad. Probablemente se quede con la chica al final de la historia. Es el equivalente al arquero. Un guerrero menor.

Pues bien. Tras las presentaciones, las diferencias de opinión, la tirada de trastos típica del machito de turno a la joven e indefensa animadora siempre tan arreglada, algún intento de los zombis de entrar en el supermercado, y un par de menciones a las pelis clásicas, nos encontramos que este súper, es el único en el mundo que no cuenta con servicio. Y vale que una invasión zombi te puede cortar el rollo un poco, pero hay necesidades imposibles de aplacar. Así que nuestro grupo de supervivientes se dirigió cargado de provisiones, al único lugar donde no solo no quieren ir los zombis. Los humanos tampoco. El instituto. Y allí pasaron un mes y pico. Hasta que cierto día dejaron de escucharse los alaridos de los zombis, sus golpes cansinos contra las puertas y sus pasos característicos. Salieron al exterior y encontraron un montón de cuerpos tirados por el suelo. Si hay un detalle que caracteriza al zombi, es el hecho de que está muerto. Y por definición está continuamente en descomposición. Así que nuestros héroes encontraron el mejor arma contra los zombis. El paso del tiempo. Aunque todavía quedaba alguno arrastrándose por los puestos, estaba en tan malas condiciones, que no se podía considerar ni zombi.

Pues bien esta es la historia de zombis que se me ha ocurrido. Un momento. Había dicho que la señorita Clifford moriría antes de acabar la historia. Pues bien, la tía estaba tan histérica, que fue la primera en salir a la calle gritando como una loca y haciendo aspavientos. Recibió el impacto del láser de una nave alienígena que venía a invadir Estados Unidos, pero eso ya es otra historia.

                                                                                 Fin

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