19 sept. 2011

Opinión: Qué leer. Qué escribir

Ilustración de Naara Riveiro
 
En un mundo cada día más relajado moralmente, o mejor dicho; lleno de ambigüedades morales, se hace muy difícil encontrar algo que satisfaga la necesidad intelectual de un niño, sin llenarle la cabeza de ideas e imágenes absurdas que solo competen a los adultos. Está claro que es un problema para muchos padres a los que les preocupan, no solo lo que leen, si no también lo que estudian, ven en la televisión, en internet y en todos los medios de información a nuestro alcance. Hoy día hay tantos niveles morales que para acertar en el de uno mismo hay que trabajar mucho buscando lo adecuado a su criterio. Desconozco si todavía vivimos en la denominada “Era de la información”. Lo que sí sé es que no hay que permitir que a los niños les llegue cualquier tipo de información. Los padres tenemos la responsabilidad de ejercer de filtros para sus magníficas mentes.

De la misma manera, es trabajo duro para un escritor con principios, realizar una obra y verla publicada sin verse comprometido ni uno mismo, ni sus creencias, ni sus principios y tampoco sus ideales.

El mundo editorial es extremadamente competitivo y marca las tendencias de lo que leen nuestros jóvenes, dejando algo de lado a escritores que no están dispuestos a implementar en sus ficciones, pasiones románticas empalagosas, escenas de contenido violento o sexual, o ideas contrarias a las del escritor, en aras del triunfo, las ventas y otro tipo de recompensas.

Evidentemente este artículo no deja de ser una opinión personal, y como menciono al inicio, la barrera infranqueable de la moralidad, está directamente relacionada con la libertad individual, y es cada persona la que debe juzgar y seleccionar el material que quiere para sus hijos, siempre pensando en su bienestar y su educación. Pero es misión de todos el no hacer de la edición y publicación de literatura un mercadeo de imágenes y conocimientos poco apropiados para nuestros hijos. Sería especular con su intelectualidad. Y ya sabemos lo que sucede cuando se especula con algo. Se termina con una inmensa mayoría de afectados, y una minoría de privilegiados que ven como el monstruo de la aguja se acerca para romper la burbuja. Luego es todo una escabechina de acusaciones.

Se dice que nuestros hijos son el futuro. Qué extraño. Nosotros hace pocos años también éramos el futuro, y la cosa no ha mejorado mucho.

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