7 sept. 2011

Pares sueltos

No hay peor ciego que el que no quiere ver. Reza un famoso refrán. Yo creo que a veces, tenemos miedo de traspasar la barrera de la imaginación, temiendo que sea la de la locura. Cuando empezamos a crecer perdemos la inocencia y creemos que tanto niños como ancianos viven en un mundo irreal y poco práctico que les impide ver la verdad. Esa inocencia que mencionaba antes la perdemos al crecer, y la recuperamos al envejecer. ¿No es más lógico pensar que si la recuperamos, es porque se trata de la auténtica realidad? Permitidme que os muestre un ejemplo. Aquí tenéis a un reportero y su cámara. Seguros de sí mismos. Creyendo vivir la realidad.


-En nuestra gira de documentales en busca de los establecimientos más curiosos del país, encontramos al señor Castaño y su zapatería. Un hombre mayor, que ha sobrepasado de sobras la edad de jubilación. Afirma tener muchos más de cien años, pero no nos muestra ninguna documentación que lo certifique. El equipo de este programa no le echa más de ochenta. Le preguntamos sobre su negocio.

-Tengo una clientela de lo más selecta y exigente. Cada día entran en mi zapatería decenas de madres con sus hijos, en busca del zapato, sandalia, deportiva o bota que le quede bien a la criatura. También podríamos verlo desde otra perspectiva. Cada día entran en mi zapatería decenas de niños con sus madres, en busca del calzado que más le gusta a la criatura. No soy dependiente. Soy zapatero. Hago mi propio calzado y lo vendo en una tienda que se remonta siglos atrás. Aún mantengo la misma decoración en la fachada. Forros de madera y un cartel artesanal que ha sido restaurado varias veces, le da a mi negocio un aire hogareño. Rústico. Un no sé qué, que hace que generación tras generación, vengan a visitarme los descendientes de los clientes originales.

Más que un zapatero, me gusta considerarme conciliador de asuntos difíciles. Casi todos los días me enfrento a niños malcriados que se discuten con sus madres o padres porque el calzado que están a punto de comprarles, no son de la marca que ellos quieren, o de la marca que tiene su compañero de colegio. Cada día he de utilizar viejos trucos para convencer a los niños de que la elección de sus padres es la correcta. A veces guardo un as en la manga, dejando el mejor producto o el más adecuado para el final.

En ocasiones tengo que usar mucha psicología. Y no será la primera ni la última vez que le digo a un niño, que los zapatos de mi tienda, son como las varitas mágicas de su protagonista de novelas infantiles favorito. Hay un calzado para cada niño. Y mis zapatos eligen a su dueño.

Los padres quedan bastante satisfechos y por eso regresan cada poco tiempo a buscar más calzado.

Los productos de mi tienda son de mucha calidad, aunque no tengo necesidad de que eso sea así, ya que el calzado de un niño, dura lo que tarda en crecerle el pie. Y son pocas las ocasiones en las que otro niño hereda el calzado de otro. Si. Es cierto. Muchos padres les entregan a otros padres el calzado que sus hijos no necesitan. Y los que reciben el regalo, lo aceptan agradecidos. Pero a la hora de la verdad, nadie le pone a su hijo los zapatos de otro niño. O por lo menos no donde yo vivo.-

Estando en el interior del local, nos sorprende la cantidad de cajas, todas del mismo tamaño y color, que forran las paredes del establecimiento. Todo está sumamente ordenado. Las cajas solo se distinguen por un número. Y a pesar de que el señor Castaño, afirma que fabrica su propio calzado, no encontramos ni herramientas, ni maquinaria para realizar dicha tarea.

-Señor Castaño. ¿Cómo sabe que calzado hay en cada caja? Son todas iguales. Solo las diferencia el número de talla.

-Verás. Es algo mágico, por decirlo así. Cada vez que busco el calzado adecuado para el niño, escucho bien. El hecho de que les diga ciertas cosas a los niños para convencerles, no significa que no sea cierto. Es como si al entrar el muchacho en la tienda, se crease un lazo entre el calzado apropiado y él. Casi siempre se crea más de un vínculo, y son los propios zapatos en sus cajas los que me llaman y me dicen donde se encuentran.-

Caemos en la cuenta de que en una esquina, hay un gran baúl abierto. En su exterior, hay un cartel en el que está escrito: “Pares sueltos”. No podemos evitar preguntarnos. Si el calzado elije al niño, ¿De dónde salen estos pares sueltos?

-¿Conocen la leyenda del Ratoncito Pérez? Pues bien. Sucede algo parecido con los zapatos y los calcetines. Muchas veces, un miembro de la pareja se pierde entre un montón de trastos que van a parar bajo la cama. O en una bolsa de viaje olvidada en un armario. O en el colegio. Sea donde fuere, los Duendes de alcoba lo encuentran y me lo traen de vuelta. A veces, los padres regresan preguntando si tengo un par suelto del zapato que compraron. Evidentemente, cuando lo tengo, este me llama desde el baúl y yo lo encuentro. Por lo general no les cobro nada, pues me da pena que uno de mis muchachos se quede sin su pareja.

Pero cuando la familia que ha perdido una pareja, no se preocupa de venir a preguntar, los Duendes de alcoba regresan a la casa y se llevan el par suelto que queda. De esta forma, me lo traen de vuelta a su hogar, los emparejo y los devuelvo a su caja original. Esas familias no merecen tener uno de mis productos.

-¿Y se dan muchos casos?

- Más de los que imaginas. Y cuanto más avanza el tiempo y la gente se torna más materialista, el asunto es peor. He visto desaparecer pares sueltos, porque la familia que tenía el otro par, decidió destruirlo. ¿Te lo puedes creer? Destruir un producto artesanal.

Pero aún quedan personitas curiosas en este mundo. Un caso que me pasó hace unos días, es el de una niña llamada Alexandra. A la que sorprendí rebuscando en el baúl. Su hermano pequeño le había perdido una pareja de sus sandalias favoritas. Según me explicaba la niña, de no más de ocho años, aquellas sandalias le permitían trepar a los árboles, donde se subía para vivir aventuras de lo más singulares.

-Querrá decir, imaginar.

-Quiero decir vivir amigo mío. Los niños no imaginan. Viven.

Le pregunté si hacía mucho que se había perdido su sandalia, y me respondió que había sido el día anterior. La invité a pasar al día siguiente. Aquella noche, entre los pares sueltos que trajeron los duendes, encontré una sandalia a la que le habían cosido una etiqueta pequeña. ¿Cómo puede alguien en su sano juicio estropear con una burda etiqueta algo tan preciado y costoso de hacer? Pensé. Hasta que leí lo que decía: “Propiedad de la Cazadora de estrellas”.

Me arrepentí de mis pensamientos. Coser aquella etiqueta, era un acto de amor. De aprecio por algo que uno siente propio. Así que al día siguiente, cuando regresó y me preguntó si la había encontrado, le pregunté yo a ella si de verdad era la Cazadora de estrellas. Se le dibujó una enorme sonrisa en la cara. Una niña lista. Asintió.

-Como regalo, voy a capturar una estrella para ti.- Dijo mientras salía a toda prisa. Y ahí delante, en la otra acera, se ha pasado los dos últimos días intentando cazar una estrella.

-¿Y cómo lo hace?, si puede saberse.

-Desconozco el mecanismo. Solo sé que deja una caja en el suelo, y se agacha cogiendo las solapas de esta. Va moviendo la caja de un lado a otro mientras mira al cielo. Como quien gradúa un telescopio, o un mortero de guerra. Guiña un ojo para afinar puntería y… ¡zas! Cierra las solapas.

Ayer mismo hizo eso, mientras dos niñas miraban atentas una a cada lado de la caja. Cerró la caja gritando: ¡Ya está! Pero al abrirla para ver en su interior, la decepción se apoderó de la cara de las dos visitantes. No había nada.

-Ups. Se ha escapado. Bueno. Lo intentaré de nuevo.- dijo. Y las dos mozas cambiaron de actitud, dando como normal y posible el resultado aquella intentona de captura.

-¿De veras cree en esas cosas?

-Mi querido amigo. A lo largo de los años vividos. Y créame cuando le digo que son muchos más de cien. He sido testigo de infinidad de asuntos. Unos asombrosos, otros temibles, muchísimos maravillosos y solo unos pocos tristísimos. Si esta niña asegura cazar estrellas, no tengo por qué dudarlo. Y ahora si me lo permiten, he de cerrar.

-Sí. Por supuesto. Bien. Nos despedimos del señor Castaño con un efusivo apretón de manos. Y despedimos el programa hasta la semana que viene, donde entrevistaremos a la encargada de una librería muy peculiar. Libros hechos a mano listos para ser rellenados con historias fantasiosas. Como las que nos ha contado el señor Castaño.

-Y… cortamos.

-Un poco loco el abuelo ¿no?

-Sí. Definitivamente, este documental no creo que sirva más que para que lo traten de loco, y pierda toda su clientela en una noche. Empieza a borrar el disco duro. Suerte que tenemos la entrevista a los indigentes del parque. Están más cuerdos que este pobre anciano.

-Borrada está. Oye. Mira, está entrando una niña con una caja de cartón en la mano.

Ya con las luces del local apagadas y la persiana a medio bajar, se hizo una luz brillante en el interior. Un fulgor como el de miles de soles salió de la vieja tienda, y fue atenuándose hasta hacerse mínimo. Bajo aquella tenue luz, se podía ver al anciano señor Castaño agacharse y dar las gracias a la pequeña Alexandra. Juntos salieron de la tienda y terminaron de cerrar la persiana. Saludaron en voz alta a los periodistas que estaban en la otra acera y a los duendes de alcoba que asomaban por la esquina de la tienda que daba al callejón, y donde se encontraban descargando los pares sueltos que habían encontrado la noche anterior.

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