8 sept. 2011

Vela y viento

En una remota y minúscula isla vivían un pescador y su mujer. Todos los días, salían muy temprano a faenar y su mujer le decía:


-¿No sería mejor construir un mástil y poner unas velas blancas a la barca?- Pues su marido y los remos, eran la única fuerza que impulsaba la barca.

-Mi amor. Yo soy la vela, y mis ganas por regresar y pasar el día junto a ti en nuestro hogar, son el viento que me impele.

Con esto pasaron los meses y ahora ella esperaba en casa ya que se encontraba en estado y no podía ayudar a su compañero.

Y la mujer del pescador insistía en poner velas a la barca. A lo que él siempre contestaba:

-Mi amor. Yo soy la vela, y mis ganas por regresar cada día a tu lado para colmarte de atenciones, son el viento que me impele.

Nació una preciosa criatura en aquella remota y minúscula isla, y la mujer cuidaba del niño e insistía a su marido en poner velas a la barca. A lo que él contestaba:

-Mi amor. Yo soy la vela, y mis ganas por regresar cada día a vuestro lado y quereros y disfrutar de vuestra compañía, son el viento que me impele.

Pasaron los monótonos años y el pescador puso velas a su barca. Cosa que le permitió adentrarse en aguas profundas y traer a su familia otros tipos de captura.

Cierto día, faenaba el pescador como de costumbre cuando le sorprendió una tormenta terrible. La barca iba de acá para allá y de arriba abajo golpeada por las olas. A lo lejos su esposa miraba sufridora la escena y el muchacho se agarraba a las faldas de su madre, atemorizado por las impresionantes nubes negras que hicieron desaparecer a su padre en el horizonte.

Durante algunos días permaneció a la deriva. El fuerte viento había destrozado las velas y el mástil que las sujetaba.

Apunto estaba de rendirse a la dama de la guadaña, cuando la barca embarrancó en una diminuta isla, donde pudo alimentarse con algunos frutos y beber agua dulce de un riachuelo. Habían pasado algunas semanas cuando cobró fuerzas y ánimos y se dispuso a regresar con un par de remos que había tallado.

Remaba largas horas y descansaba unos pocos minutos.

Y un par de meses después de la tormenta, sucedió que en una remota y minúscula isla, había un niño que se encontraba jugando en la playa junto a su casa. Este al mirar al horizonte, vio una barca sin velas que se acercaba lentamente y fue a informárselo a su madre, quien se encontraba reposando pues había agotado sus fuerzas de tanto llorar la pérdida de su marido.

Para cuando esta llegó a la orilla, el pescador ya se disponía a saltar de la embarcación para recorrer la última distancia a nado.

Tras los abrazos y las lágrimas de felicidad. La mujer preguntó a su marido cómo había podido regresar sin velas ya que sabía que las islas más cercanas se encontraban a varios días de navegación. Y este le contestó:

-La monotonía del tiempo había cubierto con una oscura manta lo que significabais para mí. Haciéndome dar por sentado vuestra presencia. Pero al estar allí solo. La lejanía se llevó la manta, descubriéndome lo que estaba a punto de perder. Así que mi amor, me hice vela de nuevo y mis ganas por encontrarme de nuevo con vosotros y teneros y apreciar mi posesión más preciada, han sido el viento que me ha impelido hasta vosotros.

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