14 dic. 2011

Escritura creativa (microrrelato)

El anuncio era claro. “Taller de escritura creativa: una sola tarde. 10€ por persona. Se ruega confirmar asistencia”.

No lo pensé dos veces. Necesitaba aprender más. Mis últimos relatos habían sido como poco, basura. Necesitaba alimentarme del producto mental de un profesional.

El lugar estaba en el barrio de Ciutat Vella. Disimulado entre las góticas callejuelas repletas de extranjeros, de esos que van entintados con el típico moreno tipo gamba, los pantalones cortos y calzados con sandalias marrones y calcetines blancos.

Disfruté mucho sumergiéndome en toda aquella dimensión paralela de la realidad de Barcelona.

Antes de entrar, me detuve a contemplar las columnas romanas que hay en lo que parece, el patio de luces del Centro Excursionista de Cataluña. Siempre me han impresionado.

Continué mi camino girando por aquí y por allá, hasta llegar a un pequeño local. Una planta baja completamente abierta al público. Una ventana abierta me permitió ver charlando de manera bastante vehemente al que más tarde conocería como el maestro del taller.

Su acento argentino, me puso a la defensiva.

En la puerta, una pequeña mesa de diseño blanca en la que solo había una caja de caudales de esas que tienen un ansa en la tapa. Estaba estratégicamente colocada a modo de peaje.

Al otro lado de esta, una muchacha de piel pálida, pelo negro, rizado y adornado con una cinta roja y gafas de pasta, que masticaba un chicle de fresa con la boca exageradamente abierta, repetía:

-“Son diez Euros. No se devolverá el dinero si no queda satisfecho”- sin tener la educación de mirarte a la cara. Era como si el esmalte de sus uñas tuviera una conversación más interesante.

Pagué. Lo que me permitió pasar al interior de la sala.

Algo austera en decoración, tan solo contaba con diez sillas plegables de madera, y una especie de encimera de cocina. El resto eran lámparas halógenas que apenas iluminaban las paredes pintadas de blanco.

La sala apenas se llenó cuando el maestro, de nombre Félix salió del baño y empezó a soltar su discurso.

-Mi nombre es Félix. Encantado- Dijo arrastrando la última a –Y voy a ser su chef literario, en esta noche de escritura creativa.

Acto seguido, sacó del interior de la encimera, un plato blanco y plano. Y otras cosas que en principio no distinguí por la distancia.

El “chef” se puso a trabajar. Lo vimos atareado colocando algo sobre el plato. Algo minúsculo e imperceptible desde nuestras sillas, que quedaban algo por debajo de su nivel. Luego cogió un bote de tinta caligráfica, y en principio no sabemos que hizo con ella, pero hizo un par de gestos muy exagerados con sus brazos.

Apenas había pasado un minuto desde que inició lo que fuera que estaba haciendo cuando nos espetó con un:

-¡Voila! Cuando sean ustedes capaces de realizar algo así, serán dignos de ser llamados escritores-.

Cogió el plato y se lo pasó a una chica que estaba en primera fila, y lo miraba con una inmensa sonrisa y los ojos bien abiertos. El plato pasó por las manos de todos los asistentes. Y todos ellos se admiraban de lo que veían.

Cuando me llegó a mí, solo vi la frase: “Soy el Dios de ustedes. Admiren mi obra” escrita con pasta de sopa de letras. Un poco más abajo, dos rayas de tinta remataban la faena.

Levanté la mirada y encontré a los otros cuatro asistentes maravillados y agasajando al autor, el cual se dejaba querer.

Solté el plato, que se deshizo en mil pedazos al tocar el suelo. Y me fui.

Allí busqué alimento para mi mente y creatividad. Y encontré alimento para mi ira. Y la creatividad necesaria para buscar al menos dos formas diferentes de darle su merecido al timador ese.

Me timaron diez Euros. Pero con ellos compré la precaución para no ser engañado de nuevo, y la creatividad necesaria para escribir una nueva basura. Esta vez en forma de anécdota.

8 comentarios:

  1. Muy buena anécdota. Estoy segura de que hoy te pueden más las risas por lo ocurrido que la añorancia de tu bolsillo por la pérdida de los diez euros.
    De todas formas, es una pena que ocurran estas cosas y que se abuse de las ganas de aprender de las personas. Yo siempre he querido asistir a un taller de escritura. Me daba lo mismo si era creativa o pasada, pero siempre he llegado a la conclusión de que los mejores maestros, aquellos que pueden enseñar verdaderamente a escribir o a buscar en lo inimaginable la inspiración, se esconden en los libros. Y bueno, para aprender de estos maestros también hay que pagar, pero no creo que acabes la experiencia con la sensación de haber sido timado.
    Al menos, piensa que tu anécdota te ha servido para algo bueno: escribir un ameno y divertido post. Seguro que te sirve para mucho más ;)

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  2. Vale... una cosa. No es una anécdota. Es un relato de ficción. Me lo he inventado. Jaajajaja. ¿Cómo debo estar escribiendo de mal, para que la gente se piense que no es un relato si no una anécdota?. Jajajaja

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  3. Pues bien podría ser real.......vamos yo al menos es una cosa que haber hecho y con razón o bien podrías haberla hecho tu......si hubiera sido tu mujer entonces la cosa habría sido de muerte (para el argentino claro)jajajaja

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  4. Madre mía, Lord, me has hecho pensar. Espero, sinceramente, que los alumnos de mi curso de escritura no se sientan así de defraudados, jajaja.
    Por desgracia, este tipo de episodios, en el que nos venden el oro y el moro, todo rápido, eficaz e intensivo, están muy presentes en nuestro día a día. No sé si existirá un curso así de escritura (no me extrañaría) pero, si crees que puedes aprender a escribir en un rato no sabes de lo que hablas y no amas ni la escritura ni la lectura, ¿no te parece?
    Genial, la entrada :)
    Un abrazo.

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  5. Te pillé, je,je,je, Buen relato. Anda, vente para VE, no seás así pibe.

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  6. ¿Me pillaste?... venga. Esta semana escribo algo para VE

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  7. Casi nos habias convencido de que era real... Interesante, ingenioso y un poco largo para mi gusto (no lo puedo evitar) Un abrazo.

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  8. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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