15 feb. 2012

Ida de pelota

Durante evos, la humanidad se ha hecho la misma repugnante pregunta. Señal de la decadente especie a la que pertenecemos. Eones atrás no resultó tan consistente la formulación de dicha pregunta. Pero ahora… ahora necesitamos la respuesta. Un razonamiento que nos indicará el camino. Un pensamiento lógico que conduce a la verdad suprema.


Encerrado en mi trastero. Rodeado de libros, esquemas y aparatos eléctricos he conseguido captar y transcribir una comunicación que resuelve la pregunta más importante que jamás se ha hecho la humanidad.

“¿Porqué los alienígenas siempre aterrizan en Estados Unidos?”

El traductor está basado en uno de estos que hay en red y traduce un poco lo que le da la gana. Es por eso que se han sustituido los nombres personales, pues su traducción al idioma terrestre resulta impronunciable a la par que repugnante. Atentos también a las notas del traductor.

-Aquí Fermín. Comandante de la Borromeo III.

-Alien*1, Fermín ¿Qué pasa? Soy Pérgamo de la Premutos VI.

-Hey. Pues mira, que vengo de vacaciones y he terminado en terapia.

-¿Qué me estás contando? ¿En qué antro infecto te has metido?

-Pues viajé a la Tierra.

-¿A la Tierra? Pues si allí se está muy bien. Es llegar, y en un momento empiezan las aventuras. Que si luces, que si música… en lugar de preguntar directamente, se montan unas películas de cuidao. Y si intentas ponerte en contacto con ellos, se enfadan y te lanzan misiles, aviones. Muy divertido ya te digo.

-Pues tío. Yo llegué. Adapté la nave para mezclarme con la gente del lugar. Me metí en lo que ellos llaman autopista. Me cobraron un pastón por llegar hasta la ciudad. Allí aparqué la nave y me bajé. Me pararon tres veces unos señores con unas latas de bebida en la mano, ofreciéndomelas. Pero al coger una, vinieron unos señores con gorra y me multaron. Unos chavales con un peinado muy extraño me preguntaron si tenía un Nobel.

-Creo que se refieren al premio. Por lo general se lo dan a gente por sus investigaciones. Te deben haber confundido con el tipo que los entrega.

-Pues no sé, pero luego regresé a la nave y me encontré un papel amarillo en el que ponía que no había pagado la zona azul. Y a la nave le habían puesto unos ladrillos debajo, porque le habían quitado los amortiguadores de inercia. Tuve un piño con la nave al intentar bajarla. Me choqué contra el coche de un político. En un momento montaron un hospital de campaña para atenderlo. Desalojaron la zona con pelotas de goma. A mí me dejaron tirado en el suelo, y al cabo de media hora, me llevaron a un hospital. Allí me dejaron en medio de un pasillo. Dos días más tarde me atendieron, pero ya la misma noche que me ingresaron vi al político en la tele. Le habían hecho un doble trasplante allí en medio de la calle con los mejores cirujanos.

Al final me hicieron pagar por cada receta que me dieron y se me infectó la herida que había sido curada con prisas por no sé qué historia de unos recortes en la sanidad. Total que quise salir del planeta, pero sin mis amortiguadores tuve que llenar el depósito auxiliar de gasoil. Me cobraron 1,40 el litro.

-Ala. ¿Qué lugar de la Tierra es ese?

-Cataluña

-Ah. Claro. Tenías que haber ido a Estados Unidos. Allí intentan matarte igual, pero más directamente.

-Si lo llego a saber…

Fin de la transmisión.

Aquí el programa se colgó porque el sistema es Windows.

*1. El equivalente a hombre, Fermín. Pero como ellos no son hombres si no alienes…

6 feb. 2012

El sincero escritor

El joven y prometedor escritor Arthur L. Phelton había pasado un día horrible. Migrañas, nervios. La mediocridad de su hogar y su educación estrictamente moral, lo habían conducido a ingeniar a la fuerza y para intentar sobrevivir, pequeños relatos que eran publicados en el diario de la ciudad. Era eso, o trabajar para la mafia trapicheando por las calles.
Aquella mañana, el director del periódico le había propuesto algo sumamente difícil. Escribir en tiempo record una novela.
Para impresionarlo y darle una muestra de lo que le esperaba si triunfaba en su cometido, se lo llevó a comer a uno de los restaurantes más caros de la ciudad. Allí, rodeado de lo más selecto de la sociedad de la gran y decadente urbe, le explicó los pormenores del contrato que firmarían cuando tuviera terminada la obra.
Arthur nunca había sido de elevados gustos. Más bien, era simple. De los que se conforman con cualquier cosa saludable para llevar a la boca. Y no precisaba nada más que como máximo, buscar un alquiler mejor que el sótano infecto, húmedo y sin ventanas en el que vivía actualmente. Mientras medio planeta luchaba en el frente de la gran guerra, él luchaba por sobrevivir en aquella ciudad que maltrataba a los que disponían de menos medios.
Aquella noche, el agotamiento pudo con él. Morfeo se introdujo en su hogar adoptando la forma de las voces de The Andrews sisters que salían de la radio.
Sentado en su sillón escuchaba la animada melodía de Bei Mir Bist Du Schön y poco a poco sus ojos se fueron cerrando.
Ya en el mundo de lo onírico se vio a sí mismo triunfando con un best seller que sorprendía a cuantos lo leían. Agarró el libro y lo devoró. La idea se mantuvo clara. Con ella regresaría al mundo real y escribiría su novela. Pero pronto se notó cambiar. Su alocado peinado juvenil y desaliñado se tornó en un engominado y repelente arreglo.
Sus andrajosos ropajes se transformaron en un traje de alta costura. Y empezó a sudar. Los poros de su piel emitían un viscoso líquido grisáceo que por lo visto nadie notaba salvo él mismo. Intentaba hablar y entablar conversaciones con la gente, pero de su boca solo salían los altivos deseos de un engreído. Trataba con desprecio a cuantos le rodeaban y estos no se molestaban en absoluto. Lo peor de todo llegó cuando el sumiller se le acercó en el restaurante más exclusivo del país y le sugirió el vino de la cena. No se lo podía creer. Entendía lo que le decía. Sabía de lo que hablaba. En ese mismo instante se le aceleró el corazón y empezó a faltarle el aire. La viscosidad gris que había empezado a emanar a modo de sudor, ahora lo cubría por completo y lo asfixiaba. Se había convertido en una abominación. Algo despreciable a su parecer, y a la vista de sus antepasados, a los que tenía en gran consideración.
Despertó empapado en sudor. Lo primero que hizo fue acercarse al espejo del baño y asegurarse que no había rastro del monstruo. Lo segundo. Llamar al director del periódico y anunciarle que dejaba de escribir. Regresó a su pueblo natal. A la casa de su tía, donde esperaría llevar una vida tranquila y simple.