7 jun. 2012

Para poder reírse de los demás...

Pues eso. Ya sabéis de lo que hablo. Para poder reírse de los demás, antes hay que saber reírse de uno mismo. Como escritor debería matizar el significado de la frase. Principalmente no quiere decir que si eres capaz de reírte de ti mismo, tengas licencia para hacerlo de los demás. Lo que quiere decir, es que si eres capaz de reírte de ti mismo, conocerás tus limitaciones y sabrás como reírte de los demás sin llegar a ofender a nadie. Esto, muy pocos humoristas lo hacen. Sólo los mejores. Luego están los buenos. Pero esos se ríen de lo que les da la gana faltando a la gente sin temor. ¿Por qué son buenos entonces? Porque a la gente le gusta la carne cruda siempre que no sea la suya. El morbo y el espectáculo.

Pero bueno, empezando con que yo no soy humorista, pero si soy bajito, gordo y peludo; vamos. Lo que viene siendo el simpático del grupo. Puedo reírme de los demás sin señalar a nadie y sin ofender. Es un don. Un súper poder.

Yo era un niño normal, encaminado a ser de la élite por ir a un cole privado. Lo que pasa es que en mi interior sabía que no. Que yo era especial tirando a raro.

Con los años descubrí una cosa. Los hay que quieren ser futbolistas y los hay que son unos “flipaos de los robots”. Concretamente en mi clase todos eran futboleros menos yo que era literalmente un friki. Con todas las letras. Me llamaban eso. El flipao de los robots. Porque me gustaban las series de dibujos en las que salían robots y naves espaciales y esas cosas.

Pero lejos de convertirme en un niño traumas, seguí digievolucionando hasta los doce años. Cuando una hilera de hormigas (que es como se le suele llamar al primer mostacho que te sale) empezó a pasar por debajo de mi nariz.

Aprendí artes marciales para solucionar las risas de mis compañeros a manguzás. Y fue bien. Hasta que a ellos también les empezó a salir pelo y se les desarrolló la musculatura. Y al final he desarrollado un sentido del humor que me permite reírme de mi persona. Yo mismo me digo que si me parezco a un Ewok fugado de un control de alcoholemia. Que si me voy a llevar a desparasitar. A mi mujer le advierto que empieza la época de muda y ella pone las sábanas viejas sobre el sofá para que las deje llenas de pelos. Y la última es que me he comprado un cepillo para mascotas. Da gustico y no tira del pelo. Ah. También he adquirido un súper poder nuevo. Soy capaz de meter en tu cabeza una canción y hacer que no salga y la tengas todo el día ahí. Y te de mucha rabia.

¿Qué no? Mira. ¿Recuerdas la canción de los Fraggle Rock? Vamos a jugar… clap, clap (eso son palmadas) Tus problemas dejalooooos. Para disfrutar… Clap, clap Ven a Fraggle Rock.

Ahora no podrás sacártela de la cabeza. Dime si no es cierto. Déjame tu comentario con la experiencia. Muaajajajajajaja.

¿He dicho ya que no me volví un niño traumas? Lo que no he dicho es que dicen que soy un súper villano. Muajajajajaja.



6 jun. 2012

Mahou y los extraterrestres

Yo que soy fiel seguidor de las pelis de ciencia ficción, me he dado cuenta de lo mal que vamos como seres humanos. Nos falta empatía.


Vemos Alien el 8º pasajero y todos nos ponemos de parte de la joven y dura Helen Ripley. Vemos Predator y todos queremos ser un Arnold con la impaciente fuera del saco y en nuestras manos pegando tiros y destrozando la selva amazónica.

Yo era como vosotros hasta que vi el anuncio de Mahou. Sí, ese que nada más llegar al planeta, y sin dar señales de violencia ninguna, sale un tío del bar y empieza a darle la brasa al OVSI (Está identificado el objeto volador ¿verdad?) Que digo yo una cosa. Lo mismo el payo se piensa que le escuchan desde tan alto. Que yo creo que no. Que los alienes se marchan en busca de una ciudad más poblada. Porque yo soy un ser alienígena, que me pego la friolera de 200 años luz, que convertidos a kilómetros son exactamente un chorro elevado a una jartá. Y nada más poner un pie en la Tierra me sale un tío de un bareto a pegarme la bronca, lo aniquilo sin miramiento ninguno.

No me digáis que no. Cuando vais al pueblo con la calma, allá en a tomar por saco de la España profunda (que es otra unidad de medida estándar) que tras pasar por kilómetros de pueblos desiertos aguantando a los críos el típico “Cuanto falta”, o a la mujer el típico “Tenías que haber preguntado a aquel hombre de allí” (que en realidad no es un hombre, es el equivalente al Toro de Osborne de los pueblos pequeñitos de dos casas y una iglesia) o aguantar al hombre el más típico “Tira por allí mujer que yo de esto sé”. Y uno o una se pierde por el camino deseando llegar para relajarse un poco… cuando el familiar de turno os pega la bronca nada más bajar del coche porque es imposible perderse con la nueva mega autopista gratuita que te deja en la puerta y con la que se tarda media hora en recorrer todo el “a tomar por saco”. ¿No os entran ganas de darle de collejas hasta que el jueves caiga en domingo?

Pues a mí me ha cabreado mucho ese anuncio. Ahora que estamos de bajón, ahora que estamos de bajón. Vamos a ver dos cosas. Dime tú, señor de marketing de la campaña de Mahou; ¿Qué culpa tienen los marcianos de que tengamos lo que tenemos? Pero si es que por muy mal que lo pongas es preferible que vengan a invadirnos que seguir con el bizarro apocalipsis que estamos viviendo.

Así que, tras ver el anuncio de Mahou, me declaro seguidor de los extraterrestres de las pelis. Prefiero dar saltos por los árboles con una máscara súper molona que graba termografías, una voz que pone los pelos de punta, un laser que corta todo y un sistema de camuflaje que hace que la gente diga eso de: “La jungla se lo llevó” que ser un triste humano bebedor de birra que le pega la brasa a un invitado que no tiene culpa de nada. He dicho.
Ah. Se me olvidaba. ¿Qué opináis vosotros?



5 jun. 2012

Las indirectas del dentista

Hola que tal. Así todo junto.


Los inconscientes que me seguís, sabréis por mi afición a decir tonterías en las redes sociales, que hace unas semanas que arrastro ciertas molestias con alguna de mis muelas del juicio.

El tema es que el dolor sobrehumano que padecía me obligó a acudir al dentista y me quedaron claras un par de cosas.

La primera es que, al igual que un buen plato de patatas fritas con huevos y chistorra no engorda, si no el que engorda es el que se lo cepilla; El dentista no te hace daño. El dolor lo llevas tú de serie a la consulta. Porque, seamos sinceros. Nadie acude al dentista a no ser que le duela la boca. Si no, no se explican tantos anuncios de sensibilidad dental con dentistas que para nada cuelan como actores. Son como los Jean Claude Van Damme de la ortodoncia. Son buenos en lo suyo, pero para nada buenos actores.

Bueno, al turrón. La segunda cosa que aprendí, es que en lo que sí se gastan buena parte de su mala leche es en las indirectas. Sí. Los dentistas calzan un sesenta y dos de mala baba. No se me ofenda ninguno por favor. Ahora argumento.

Como un chorro de gente más, soy alérgico a la Penicilina y a algunos derivados, con lo que cuando debemos medicarnos con antibióticos, nos recetan unos diferentes.

En este caso, la doctora (no olvidemos que los dentistas son médicos especialistas) me recetó una de esas alternativas.

Días más tarde he notado vértigos, náuseas, presión en el pecho, ansiedad, sensación de cansancio y una gran necesidad de matar a alguien a collejas.

Ayer noche cogí el prospecto del medicamento y empecé a leer:

Punto 4. Posibles efectos adversos:

Sabor metálico, alteración del sentido del gusto, náuseas, vómitos, dolor de estómago, diarrea, indigestión, anorexia (esto seguro que no me ha afectado), inflamación de la lengua, sensación de boca seca, inflamación de la mucosa de la boca, inflamación del páncreas, inflamación del intestino, bla bla bla, enfermedad degenerativa de los nervios periféricos, hormigueo en las manos, alteración del sentido del tacto, mareos, dolores de cabeza, convulsiones (podrían poner directamente, síntomas de posesión infernal) daño en el cerebro, encefalopatía, aparición repentina de movimiento muscular descoordinado (esto también me pasó), confusión, alucinaciones, depresión, dificultad para conciliar el sueño, comportamiento depresivo, visión doble, miopía, problemas en la sangre, problemas con el hígado, la piel, sangrado de nariz, sudor, presión en el pecho y sensación de frio en la boca.

Haber elegido muerte muchacho. Esto parece la lista de afecciones de un pastillero de discoteca.

La indirecta captada, el problema no es la infección, el problema soy yo. Ahora tengo miedo de ir al dentista. ¿Me tendrá en el punto de mira? ¿Me convertiré en un caso más de canibalismo que está tan de moda últimamente? ¿Qué opináis?