6 jul. 2012

Crónica de lo absurdo

Era un día aciago para Morti.


El sol de los primeros días de invierno entraba por la ventana y acariciaba su pálido rostro. Pero ella no quería levantarse.

El despertador empezó a zumbar y ella se cubrió la cabeza con el edredón. Segundos más tarde se destapó hasta la cintura y con su delgada mano palpó la mesita hasta encontrar el enorme pulsador que terminaría con aquel insufrible zumbido.

¿Cuánto había pasado ya? ¿Cuatro? ¿Cinco? ¿Seis? Había perdido la cuenta, pero eso no era lo que la deprimía.

Sentada en la cama, no había pegado ojo en toda la noche. De hecho, no solía dormir nada desde hacía años. Antes todo era diferente. Todo tenía sentido.

Salió de la habitación para entrar en la cocina y poner un par de rodajas de pan a tostar. Preparó una cafetera, y mientras cargaba el depósito con aquel oro marrón que no necesitaba pero que le dejaba un buen sabor de boca, sintió el tacto aterciopelado de su gato Goku, que ronroneaba mientras rozaba su lomo con las piernas de Morti.

Mientras se hacía el café, puso en marcha el portátil que tenía sobre la mesa del comedor. Había decorado ella personalmente todo el pisito. A su gusto. Con las normas que le dictaba su interior. Pero eso no hacía que aquel minimalismo austero a más no poder le animase.

Abrió el navegador y entró en su cuenta de Facebook. Nada. Nadie en su muro, nadie con quien hablar. En definitiva nada.

Tecleó: Sofá, peli y mantita.

Y luego clicó sobre la pestaña “Me gusta”.

La cafetera dio señales de vida y Morti se apresuró a apagar la inducción. Sacó la mermelada de Frambuesa de la nevera y junto con un poco de mantequilla la untó en las tostadas. Sacó del armario el bote de galletas con pepitas de chocolate por si se quedaba con hambre.

La habían retratado muchas veces de extremadamente delgada, pero no era por estar mal alimentada. Era algo genético o así. Pero Morti no perdía ninguna ocasión para ponerse morada a comer.

Dejó todo sobre la mesita que había junto al sofá, agarró el mando a distancia y encendió la televisión.

Nada más escucharse el chasquido que indicaba que el aparato se había encendido, los altavoces empezaron a sonar:

-Una explosión ha…- zap. Cambió de canal.

-La guerra ha desplazado a miles de…- zap. Cambió de canal.

-Miles de personas desaparecidas tras el…- zap. Cambió de canal.

Entonces, una película. Una bonita comedia romántica típica de los ingleses. Buen reparto, buen guión, demasiado azúcar administrado en los momentos adecuados y humor con situaciones que solo esa gente sabe entender.

Se tapó con la cálida colcha y disfrutó del film y de su desayuno. Pese a que ya era tarde. Y mientras se dedicaba a lo suyo, no paraba de darle vueltas a lo mismo.

-Todos me odian. Estoy sola-. Se decía a sí misma. –Antes todo era diferente. Antes predominaba la justicia.

Entonces, el único momento en años que estaba disfrutando más o menos agradablemente fue interrumpido por un corte en la programación.

-Lamentamos interrumpir pero consideramos que esta noticia es importante. Se están dando sucesos extraños en numerosas partes del mundo.

Morti puso mucha atención en lo que se decía el presentador.

-Nos llegan imágenes de un tiroteo en las calles de la capital de Brasil. Vean como el joven que porta el cuchillo en la mano es abatido por la policía. Ahora vean. El muchacho se levanta, se mira sorprendido y sigue su camino ante la sorprendida mirada de los que allí se encuentran-. Segundos más tarde las imágenes cambiaban.

-Miren ahora como salen del interior de la cafetería que había sido blanco de un ataque terrorista, las personas que allí estaban en el momento de la explosión.

Las imágenes eran claras. La gente no moría. No. No eran zombis de esos tan de moda últimamente. Simplemente no morían.

Morti entonces se animó un poco. Buenas noticias por lo visto.

Se sacudió la pereza y se acercó al portátil, por así llamarlo. La batería no daba para más y tenía que tenerlo siempre conectado a la corriente.

Entró de nuevo en su cuenta de Facebook y nada. Nada de nada. Las noticias de su inacción no le reportaban nada distinto a la soledad. Y ella misma se maldecía y maldecía al Diablo. Y se preguntaba:

-¿Cuánto ha pasado ya? ¿Cuatro? ¿Cinco? ¿Seis?- En realidad siete. Más de siete mil años desde que el Diablo influyese en Caín para matar a Abel. Más de siete mil años desde que Morti se convirtiese en la consecuencia lógica de los actos despiadados de las personas provocadas por el mismo Diablo. Y para un día que se tomaba un descanso, nadie se lo agradecía.

Aquel día fue señalado en los calendarios de todas las culturas. Pero al día siguiente, el despertador empezó a sonar, pero no había nadie en la habitación para detener aquel insufrible zumbido. Morti había salido a trabajar nada más empezar el día.

2 comentarios:

  1. Hola!
    Me he leído un par de tus relatos y me han gustado mucho!
    A ver si saco tiempo y le echo un ojo al resto.
    Un Saludo!!!

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