19 jul. 2012

Un mundo nuevo



El día en que el sistema se colapsó y dejó a la humanidad sumida en la más absoluta oscuridad, fue el día en que el hombre abrió los ojos y pudo ver la realidad.
Ya nunca miramos al cielo, dijo una vez un sabio. Se equivocaba. Miramos, pero no vemos nada. Sólo una oscuridad teñida de naranja. Una oscuridad resplandeciente y cegadora. Una paradoja. Así que preferimos seguir mirando nuestros ombligos y regocijarnos en nuestros logros personales y globales que aparentemente nada valen.
Aquel día se marcó una frontera mental y moral. O estabas con la humanidad o estabas en contra. O dejabas de mirarte como centro del universo, o seguías resistiéndote.
Los que quisieron seguir adelante con su pésima forma de vida, no duraron mucho. Algo en su interior los empujó al límite de su mentalidad. El día del colapso; cuando las luces del planeta cayeron, esa gente se vio empequeñecida. Como tendían a compararse con todo en lo más profundo de sus almas, se compararon con el universo que tenían ante sí y perdieron.
El resto lo vivimos de otra manera. Algo nos tocó el corazón y decidimos cambiar definitivamente. Para unos fue la inmensidad del cosmos. Para otros la grandeza de Dios. Para otros se trataba de la máxima expresión de la naturaleza. Pero para todos, en general fue el mayor espectáculo jamás visto por la humanidad de tiempos modernos. Y lloramos.
No sabíamos que nos deparaban los tiempos venideros. Pero ya no nos agobiaba la incertidumbre.
Teníamos la eternidad por delante para reconstruir el planeta. Tras contemplar en qué lo habíamos convertido, nuestro impulso fue trabajar duramente para hacer de este arruinado pedrusco que surcaba el espacio, un bello jardín. Una nueva Tierra bajo unos nuevos cielos.

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