10 ene. 2014

Día de Reyes

Llamadlo como queráis. Un sistema consumista, la despreocupación de unos padres demasiado ocupados en sus quehaceres, el propio A.D.N. O un simple compendio de todos los males del universo. Algo había hecho de aquel niño un monstruo repelente. Todo su diminuto cuerpo de diez años era un saco de deseos. Cada una de sus neuronas emitía estímulos que le hacían anhelar cada elemento que aparecía en su televisor LED de sesenta pulgadas.
Cuando no lo conseguía gritaba. Cuando gritaba pataleaba, insultaba y demostraba el peor desprecio que un ser humano podía ofrecer a sus progenitores.
Era 25 de Diciembre. Día del Sol Invicto celebrado por los romanos y que el emperador Constantino implantó  como celebración del nacimiento de Jesús. Es un detalle que a nadie le importa. Pero teniendo en cuenta que Jesús vivió 33 años y medio y murió entre el mes de marzo y abril, lo más probable es que naciera entre septiembre y octubre. Pero… ¿quién lo celebraría en octubre?
Todos a la mesa para degustar los platos de la tradicional comida de navidad. Los familiares habían traído sus regalos con la típica frase:
-¡Mira lo que ha dejado Papá Noel para ti en mi casa!
Su necia respuesta preocupó a un amigo de la familia.
-¿Y para qué ha tenido que ir a tu casa sabiendo donde vivo yo? Y encima te ha traído algo que yo no quería. ¿Ropa? ¿Quién quiere ropa?
Gritos y enfados que abochornaron a sus padres ante todos.
Este amigo se acercó al padre.
-Si quieres solucionar este problema yo tengo la solución.
El niño miraba a los dos de forma desagradable. Intentaba descifrar qué hablaban pero sólo vio a su padre asentir y darle la mano a aquel viejo compañero de trabajo con el que había entablado una íntima amistad.
Pasaron los días.
Nubes que amenazaban con destruir toda la ilusión de los niños durante la cabalgata, cubrían la ciudad. El niño repelente se sentía aburrido y asqueado por estar allí cuando podría estar a los mandos de su cónsola de vídeo juegos realizando alguna operación encubierta en alguna aldea de Afganistán. Imaginó como verían las nubes desde lo alto y vio un plano cenital de toda la avenida iluminada con miles de bombillas y las carrozas circulando y despidiendo cantidades enormes de caramelos, la mayoría de los cuales quedarían incomibles tras impactar contra el asfalto.
Al pasar la carroza de Baltasar, el niño sintió un estremecimiento cuando el Rey lo miró directamente a los ojos y pasó de sonreír amablemente a mantener un semblante serio. “Lo sabe” pensó inmediatamente el chaval.
-¿Qué te pasa?-. Preguntó el amigo de su padre que se adelantó hacia la carroza y tuvo unas palabras con su Majestad el Rey, el cual aceptó un algo que le entregó y volvió a sonreír a todos saludando y lanzando caramelos.
Eran prácticamente las once de la noche cuando sus padres, cansados ya de decirle que se fuera a dormir le autorizaron a permanecer despierto pero en su habitación y con la puerta cerrada.
Allí estuvo unos minutos matando insurgentes con un trozo de plástico repleto de botones entre sus manos.
De pronto la puerta de su habitación saltó por los aires y milésimas de segundo después también lo hacía el del sobresalto.
Cuando pudo reaccionar y ver qué era lo que sucedía se topó con un hombre negro de casi dos metros de altura, vestido como vestían los reyes y apuntándole con un arma en plan pandillero de Los Ángeles al grito de:
-¿Dónde está tu Papá Noel ahora? ¿Eh?
La habitación no tardó en llenarse de un olor que sólo se podía reproducir el miedo o una fuerte gastroenteritis.
- ¿Tú quieres decir que ha sido buena idea asustar al chaval de esta manera? ¿No encuentras excesivo lo del arma?
-Ya me contarás el próximo día de Reyes.



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